domingo, 30 de octubre de 2011

Romeo y Julieta.

Romeo:
Ríese de la cicatriz quien nunca tuvo herida.
¿Qué luz es la que asoma por aquella ventana?
¡Es el Oriente! ¡Y Julieta el sol!
Amanece tú, sol, mata a la envidiosa luna.
Está enferma, y como palidece de dolor,
pues que tú, su doncella, en primor la aventajas.
¡No la sirvas ya más, que ella te envidia!
Su manto de vestal es verde y enfermizo,
lo propio de bufones. ¡Aléjalo de ti!
¡Es ella, mi dama! ¡Es, ay, mi amor!
¡Si al menos ella lo supiera!
Habla y no dice nada. Mas, ¡qué importa!
Lo hacen sus ojos, y he de responder.
¡Mi esperanza qué necia, pues no es a mí a quien habla!
Dos estrellas del cielo entre las más hermosas
han rogado a sus ojos que en su ausencia
brillen en las esferas hasta su regreso.
¡Oh, si allí sus ojos estuvieran! ¡Y si habitaran su rostro las estrellas
la luz de sus mejillas podría sonrojarlas
como hace el sol con una llama! ¡Sus ojos en el cielo
alumbrarían tanto los caminos del aire
que hasta los pájaros cantaran ignorando la noche!
Mirad cómo sostiene su mano la mejilla.
¡Fuera yo guante de esa mano,
para poder acariciar su rostro!

¡No has de jurar por nadie! O si lo haces, hazlo por ti mismo; tú eres el dios al que adoro. Sólo entonces te creeré.

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